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Brindo por ti, fenómeno, y tu resistencia en aquella casa repleta de gente hostil: tu familia política

Cómo mantuviste el tipo aquel día, todavía lo desconoces. Te levantaste de aquella mesa con la espalda llena de puñales, que asumiste de buen grado por amor a la persona que tenías al lado. Pero, compadre, déjame recordarte que eres un héroe, un puto héroe.

Solo un hombre con los pantalones bien puestos ejecuta un plan de contención con semejante frialdad. «Recuerda que este año las cosas no están bien en casa. Sé comprensivo», te decía ella llegando al portal. Ya ensayabas la sonrisa en el ascensor. Rin, rin. «Ya está aquí la niña». Mua. ¡Qué guapa, sobrina! Mua. «Hola, campeón, ¿cómo estás? Te veo más fuerte» (sabías que aquel eufemismo era el preludio de lo que te esperaba).

Entre vapores, su primo mayor removía la crema de marisco mientras sudaba como un cerdo. El cabrón, grande y peludo como un oso, solía darte dos besos y claro, aquel no era el mejor día. No te importaba, su cariño y efusividad iban a ser provisiones necesarias para pasar aquella comida con amor propio.

En el cansino juego de las sillas que se formaba antes de sentarse, te tocó junto a la tía Celia. Era la hermana pequeña de tu suegro, que llevaba 30 años divorciada y no había vuelto a sentir y expresar eso conocido como amor. Sus preguntas perseguían únicamente el morbo y tu degradación. Algunos de sus grandes hits: «¿No encontraste trabajo todavía? ¿Ya llevas un buen tiempo buscando no? ¿Cómo te las apañas entonces? ¿Te ayuda ella? ¿Tus padres?» «¿Has cogido algo de peso, eh? «Con el tiempo libre que tienes, podrías ir más al gimnasio» «¿Cómo se encuentran tus padres? Es duro pasar las primeras navidades tras un divorcio tan complicado». La ves una vez al año, pero esa bruja sabe cómo sacarle partido.

Lo que más te estresaba eran aquellos momentos cuando el sonido ambiente desaparecía, y quedabas tú solo respondiendo a preguntas mientras la tribu te miraba en silencio. El jefe, tu suegro, gustaba de esos instantes en los que demostraba ante todos que tú eras un chaval de 30 al que todavía le faltaba aprender todo de la vida. Tu principal apoyo venía de tu novia, con capotes esporádicos, contenidos tras la empatía hacia su sangre, que ese año había cerrado la octogenaria empresa familiar, con grandes pérdidas, depresiones y malos rollos entre hermanos.

El jefe estaba beligerante: cuestionaba tu decisión de ir a vivir con su hija sin tener un trabajo, así como tu política de viajes y gastos varios, que consideraba excesiva para alguien en tu posición. Lo que más te jodía era su réplica constante a tus afirmaciones, incluso sobre los temas más banales, a los que respondía con una ceja de incredulidad.

Con los turrones y el champán, el humo de aquella batalla verbal se iba disipando, aunque no te libraste de comentarios sobre la conveniencia del dulce en tu dieta o si tu padre era «un cara» que había dejado a su mujer por otra (tía Celia era la más incisiva en esto último): «Bueno, al menos tú no eres como tu padre, ¿no?»

Aguantaste todo el bombardeo con la mejor sonrisa de plástico jamás fabricada, apoyado en la magia de Ribera del Duero y la mano cómplice de tu novia en la pierna.

Tras un par de amagos, cogiste finalmente el abrigo y aceleraste la fase de huída. Lo habías conseguido. En aquel momento e inspirado por el vino, quisiste pensar que nada había sido personal. Podrías haber ganado el Premio Nobel, pero aquellas personas no hubieran cejado en su impertinencia. La expresión externa de sus miserias era tan inevitable como el invierno.

Por Agustín Palacio

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