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El tradicional partido navideño siempre te recuerda que sí, que estás hecho mierda, pero también que no estás solo en tu inmundicia

La confianza da asco, y no hay mejor demostración que el olor a choto de un vestuario de amigos. Doce tíos en ebullición corporal son muchos tíos. Pero, ay, qué tíos. Producto de tiempos modernos, es complicado pasar mismo tiempo y espacio con esas personas que te conocen como nadie. Si alguien puede escribir una Wikipedia de tu vida, son ellos. Podrían incluir los episodios más gloriosos, pero también los más escabrosos. Son muchos años como testigos de tu biografía y en su compañía, te sientes más tú que cuando estás solo. No hay mayor prueba de que somos un zoon politikón.

Próximo a la muerte por hipoxia, tus cagamientos en pista sobre lo poco o nada de deporte que has hecho durante el año ya son tan tradicionales como las uvas de Nochevieja. Siempre das a entender que alguna vez tuviste fuelle, pero ya ni recuerdas en qué momento de la última década, llena de alcohol, tabaco y excesos nocturnos, efectivamente estabas en forma. Tus comentarios, una completa impostura que tratan de dibujar un pasado atlético que jamás existió, rozan un puretismo que asusta. El consuelo está donde suele estarlo en este país: en el mal ajeno. Nada como compartir magulladuras, quejas y fanfarronadas con un ser afín

Al final, otra vez la misma reflexión: quién iba a decir que este breve tiempo de sufrimiento anatómico e intentos de dribbling supusiera uno de los máximos placeres que puedes tener al año. Por un módico precio de reserva de instalaciones, 2 euros, recuperas una gran parte de tu vida

Por Agustín Palacio

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