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La RAE define ‘belleza’ como «persona o cosa que resalta por su hermosura». Y desglosa ‘hermosura’ en múltiples acepciones, aunque me quedo con: «proporción noble y perfecta de las partes con el todo; conjunto de cualidades que hacen a una persona excelente en su línea’. El problema radica en la autoridad para definir qué es bello o hermoso. 


Esa misma fuente de letras, la RAE, dice que la objetividad es «perteneciente o relativo al objeto en sí mismo, con independencia de la propia manera de pensar o de sentir». Por tanto, jamás podremos ser objetivos si hablamos de fútbol –y no sé tampoco si podremos serlo real y verdaderamente en algún otro ámbito–. Sea como fuere, nuestra manera de pensar y sentir es la base de nuestras preferencias. Y entonces… ¿Qué es el buen fútbol? ¿Qué hay bello en este deporte? ¿O qué es jugar bien?


Habrá quien diga que la elástica de Ronaldinho era la tinta de los dioses. Que el perfecto cabeceo de Sergio Ramos es, directamente, poesía.

Que un vuelo de Oblak es el fotograma perfecto para enmarcar. Que las chilenas de Zlatan Ibrahimovic bien podría haberlas retratado Dalí. Y qué decir de las ruletas de Zidane… estamos ante una obra que no te cansas de observar. O los giros sobre sí mismo para encontrar y/o abrir el espacio de Xavi Hernández, que podrían erigirse como un nuevo género literario o, mejor, como una versión evolucionada del deboulé de la danza clásica…

Todos ellos son un sinfín de gestos técnicos individuales que se convierten en el color de los cuadros o el atrezzo para la puesta en escena de un gran estreno audiovisual. Pero, al mismo tiempo, cualquiera que se tope ante ellos podría afirmar que esa belleza no es tal. Porque son gustos, colores, equipos, ideas… subjetivas.


La simple y evidente conclusión es que jamás nos pondremos de acuerdo para definir el buen gusto en el fútbol, porque ese gusto, como el mencionado color que también juega un rol protagonista en este deporte, es puramente subjetivo. Y en la subjetividad nunca aparecerá el consenso general ni completo. 

Ahora bien, siempre podemos recurrir a la opinión de los protagonistas pasivos –los aficionados– y de los secundarios que se turnan el rol principal con los jugadores –los entrenadores–. El fútbol tiende a ser una especie de religión politeísta en la que cada uno tiene su propio ‘Dios’ y sus correspondientes discípulos. Los sistemas y su ejecución en el juego, las ideas personales, la planificación previa y el contexto son algunas de las aristas de una figura con múltiples caras y planos.

«Jugar bien es, precisamente, hacer bien lo que tenías previsto hacer. Al menos para mí no es meter un golazo, de hecho a mis delanteros les digo que prefiero que anoten ocho goles rácanos que supongan puntos. Además, creo que el espectador si ve que su equipo está haciendo lo que quiere durante el partido, incluso aunque a otro no le guste, le parecerá que es jugar bien»

José Luis Mendilibar, técnico de la SD Eibar


Y en esa línea se sitúa también José Alberto López, exentrenador del Real Sporting: «Jugar bien es llevar a cabo en el partido lo que has trabajado durante la semana, poner en practica esos mecanismos y conceptos y darle al futbolista herramientas para que pueda reaccionar».

La visión de los espectadores no dista mucho de la de los técnicos. Al menos así lo evidencian Manel Hernández y Alejandro Pérez. En el primer caso cree que «jugar bien es el concepto más abstracto del fútbol… A mí me gustan los equipos que hacen transiciones rápidas y llegan en pocos toques al área rival, que haya fluidez en el juego».

Mientras que para Alejandro «jugar bien es que el equipo esté ordenado tanto en ataque como en defensa, que opte por un juego asociativo en el que prime el colectivo pero que se beneficie también de la calidad individual de algunos jugadores diferenciales, aunque esto depende del momento del partido y de quién tiene el control. Independientemente del resultado, si mi equipo consigue esto, para mí ha jugado bien».


Supongo que todos gozamos con diferentes acciones en el fútbol y en el resto de disciplinas artísticas –sí, soy de esas románticas que consideran este deporte un tipo de arte–, pero creo que el consenso sobre la belleza en el deporte rey está, de alguna manera, en esos partidos o quizá solo minutos en los que no puedes apartar la mirada de la televisión, el silencio se adueña de la sala y la cerveza espera con paciencia para que le des el siguiente sorbo.

Cuando ese jugador, equipo o partido capta así tu atención, de una manera que parece hipnótica, que te proporciona calma y vibración al mismo tiempo, es bello. Esta es la belleza… como cuando nos detenemos varios minutos para analizar y observar el cuadro que nos ha hecho parar; repetimos en bucle esa canción; o doblamos la esquina de una página en un libro para releerla de vez en cuando. Y, por ello, tenemos ese deseo de dejar patente en la red la observación de esa acción. Como si quisiéramos recordarnos a nosotros mismos ese instante de belleza… como si pudiéramos olvidarlo. Y ahí está. Esa es. La mayoría de las veces son instantes; otras, partidos; y en algún momento afortunado de la historia, temporadas. 


En el fútbol existe la belleza… y tanto que sí. Y jugar bien, como dicen los expertos y espectadores consultados, es que el plan fructifique.


Por Paula Martín, directora de La magia del Brujo

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