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Pavel Ataman compró acciones tras saber de las penurias del club murciano por internet

Sin muchos recursos, destinó el dinero ahorrado para el coche en un viaje a España para conocer al equipo y su afición


En estos momentos, la ampliación de capital supone la última esperanza de mantener con vida al Real Murcia, club histórico que actualmente milita en Segunda División B. De entre las personas que, por diferentes motivos, han dado el paso de comprar acciones del equipo, destaca la historia de “amor” de un bielorruso.

Pavel Ataman, que se encontró con esta situación de pura casualidad tras leer un artículo en internet, se ha convertido en todo un embajador del club en Bielorrusia, un país de casi 10 millones de habitantes que se encuentra a más de 3.000 kilómetros de esta región española.

Como si de un flechazo se tratase, compró cien acciones con un amigo y gastó el dinero que había ahorrado para un coche en una aventura en Murcia con su hermana y su madre

«Aunque soy de la clase obrera y ese viaje me costó mucho, no me arrepiento»

Se coló en el estadio y pisó descalzo el césped, se duchó en el vestuario y durmió en una camilla del mismo y, después, viajó a Córdoba para ver a ‘su’ equipo con una centena de aficionados murcianos, quienes «intentaban hablar conmigo, eran muy amables, pero no sé hablar español». Su intención era conocer todo lo que rodea al club del que es «dueño», pero también con la idea de que en España conocieran Bielorrusia:  «Llevé una bandera, imanes, una camiseta especial para la ocasión y Starka, una bebida alcohólica propia de mi país, para compartirla». 


A su vuelta, después del viaje familiar, entonó su conclusión: 

«Españoles, sois muy positivos y amables. Nos hemos enamorado de vuestro país. ¡El fútbol nos une!»

Yo, propietario de un club de fútbol

En el momento en el que el agua del Mediterráneo asaltó las cuentas del club, las fronteras se desdibujaron y miles de aficionados como Pavel se tiraron al agua para salvarlo. O al menos para intentarlo. Los nuevos accionistas coinciden en que fue una casualidad, incluso también por la sonrisa pícara que produce decir «soy accionista de un club de fútbol», pero después de superar esa primera fase llegó el sentimiento

Chimo Baeza, de Elche, se siente «cercano a Murcia» y quiso ayudarlo ante la posibilidad de «hacerlo suyo». Y en esa línea está Luismi Ruiz, andaluz y del Real Jaén, quien también ayudó a su club con la compra de pulseras cuando vivió una situación similar: «Quise ayudar en la medida de lo que podía porque creo que hay que hacerlo con los equipos que lo estén pasando mal, así que compré veinte acciones».

Y Juan Antonio Ramírez, otro andaluz, pero bético y del Recreativo de Huelva –que comparte grupo con el Real Murcia–, reconoce que de primeras lo hizo «por las risas mientras tomaba una cerveza con mis amigos y nos imaginábamos yendo a la junta de accionistas en caso de ascender de categoría. Ya conocía la situación del equipo, pero ahora lo sigo y me importa más».

Dando patadas al balón desde 1894

Poco a poco se va alejando el eco del silencio que había provocado el confinamiento en los aledaños de la Nueva Condomina –ahora Estadio Enrique Roca de Murcia debido a que este empresario de Lorca se convirtió en un mecenas moderno pagando 600.000 € para que, durante cuatro temporadas, el estadio lleve su nombre–. Y, en el horizonte, el recuerdo de las tardes de fútbol en la antigua Condomina –allí jugaron desde 1924 hasta 2006– y también las nubes que acechan al club desde hace años amenazando con una tormenta que podría culminar con su desaparición. La ampliación de capital es el chaleco salvavidas al que el club se ha abrazado, aunque las cifras parecen llevarles la contraria –se necesitan 2.292.735 € y aun no se ha superado el millón de euros– pese a que el Real Murcia ha borrado las líneas de las fronteras.


El club murciano volvió a ‘presentarse’ al mundo con una nueva ampliación de capital. Lejos de hablar de números lo hizo de personas, concretamente de un aficionado –y una voz en off que imitaba a la de su esposa– que fue emblemático los domingos en La Condomina. Juan José Rico era panadero: un hombre que madrugaba para amasar el pan de los colines con los que luego premiaba a los pequeños futboleros que se encontraba. Entrenó, por cierto, tanto a niños como niñas y les compartió su pasión, además de por este deporte, por su Real Murcia. Lo hizo ‘suyo’ –como reza el slogan de la ampliación de capital–… y tanto que sí. Rico se encumbró como el ‘jugador número 12’ del equipo de su tierra. Se fue en 2002 siendo el hombre del bigote que nunca dejaba de animar, pero su alma descansa en el cementerio, acompañado desde 2011 por su esposa –Fuensanta Peñaranda–, en una lápida doble unida por el escudo de ‘su’ Real Murcia. Eternamente suyo. 

El fútbol se instauró en la ciudad como una práctica habitual a finales del siglo XIX después de varios años de empeño por parte de Francisco Medel, que quiso hacer del ejercicio deportivo una actividad cotidiana para los murcianos –así datan los documentos publicados por Juan Antonio Garre en CIHEFE–. Medel, un profesor de ‘gimnasia’ en el Colegio San Antonio, fue un adelantado a su época que desde 1894 –año también de fundación del club– introdujo el deporte en la actividad educativa pese a las reticencias de padres y políticos. Luchó durante varios años por hacer comprensible su propuesta pero desistió en 1911, cuando se marchó a Almería ante el aumento incesante de desencuentros con los políticos locales. El balompié, por tanto, lleva conviviendo con los habitantes de la ciudad costera desde hace más de un siglo, antes incluso de que se albergaran los encuentros en La Torre de la Marquesa, primer escenario oficial del Real Murcia.


Por Paula Martín, directora de La Magia del Brujo

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